lunes, 6 de febrero de 2012

Residencia

Cuándo llegue aquí haya por el lejano mes de septiembre, no se me ocurrió ni de lejos la cantidad de cosas que pueden llegar a suceder en una residencia de estudiantes universitaria como la que habito, digna de las mejores novelas de todos los tiempos. Nada más llegar, los primeros días, ya me lo advirtió mi compañero de habitación: no sabes la de cosas que pueden ocurrir aquí. Me estuvo contando historias de gente a la que ni les ponía cara, pero que más tarde he conocido y me he quedado totalmente sorprendido.

En primer lugar lo que destaca de la residencia es que aquí todo sucede muchísimo más rápido. Puedes forjar amistades inquebrantables, pero también aquellos que consideras tus amigos pueden dejar de serlo de un día para otro, algo casi impensable fuera de estas paredes.

Pero lo que realmente me ha sorprendido son los pequeños gestos que yo antes era capaz de percibir cegado por mi inocencia. Ese saludo que no es devuelto, que parece un despiste, pero que realmente no lo es, esa pregunta impertinente, que yo veía como lo más inocente del mundo, pero que está tirada con la mayor maldad posible, y sobre todo, esas críticas a las espaldas, esas puñaladas que se clavan y dejan tras de sí un enorme charco de sangre.

Ese es el principal problema, las críticas. Algo totalmente digno de cualquier adolescente de 14 años, época por la que yo mismo pasé y de la que no recelo. Pero también cierto, algo a lo que se está permitido con esa edad, pero no con 20 tacos... Con 20 tacos la cosa cambia.

Con 20 tacos se pueden decir las cosas a la cara, solucionar los problemas desde la raíz, sin necesidad de estar tirando pullitas o maldiciendo a las espaldas de la gente. Por qué las personas que hacen eso puede suceder dos cosas: o que todavía no hayan madurado, y por tanto, sigan anclados en la más remota adolescencia (patético pero solucionable), y que sean personas malas, y hablo de malas, hablo de personas que serían capaces de estrangularte con sus propias manos si ello no derivara en unas consecuencias jurídicas demasiado importantes.

Pero bueno, no todo es malo. También esta la luz, y eso es lo que verdaderamente merece la pena. Personas capaces de pasar toda una noche de hospital contigo, teniendo examen al día siguiente y a pesar de que tú no te hayas portado de la misma manera con ellos. Y ahí está lo importante. Porque es fácil portarse bien con las personas que te bailan el agua, pero lo que realmente tiene mérito es hacerlo con aquellas que al principio no dan nada por ti, pero que se acaban convirtiendo en personas muy importantes dentro de tu vida en esta urbe madrileña.

Y mirad como cambian las cosas. En mi pueblo de origen, soy capaz de contar con los dedos de una mano con las chicas con las que me llevo bastante bien, y eso en 18 años de vida allí. En cambio aquí, casi me junto mas con chicas que con chicos. Y no creo que sea casualidad, solo que aquí hay chicas y algún que otro chico, que merecen la pena realmente, y otras personas que si por mi fuera les regalaría un billete de ida a Samoa, pero sólo de ida.

Pues eso zagales, que hay de todo en este mundo pequeño mundo llamado residencia. Y todo merece la pena gracias a esas pequeñas personas que hacen la luz, en este terrible mundo de envidiosos, codiciosos, chochudos, etc...

lunes, 1 de febrero de 2010

El estudiante mueble.

Los he visto. Están ahí. Al fondo del aula, en silencio, haciendo caso omiso de la lección del profesor de turno. En muy contadas ocasiones levantan la mano para participar en clase, y en otras muy contadas, su nota de examen supera el cinco. No llevan el esfuerzo por bandera, sino la intención de calentar silla para no formar parte de esa "generación nini", con la escusa de que van a clase. No sabes cómo, pero llegan hasta 2º de Bachillerato sin dar un palo al agua y con la intención de hacer lo mismo toda su vida, y cuando se te ocurre preguntarle: ¿y tu qué? ¿Vas a ir a la universidad o vas a hacer un módulo?, su respuesta es siempre la misma: "Pfff". La misma respuesta que recibe cualquier profesor que se digna a perder tiempo en 2º de Bachillerato para reprender la conducta que estos llevan con el fin de o aligerar la clase de alumnos, o hacer que estos replanteen sus objetivos y se dignen a estudiar. Llevo 6 años en el instituto, y desde mi cercana experiencia, los profesores solo han conseguido sacar lo primero. Y mientras, alumnos que se esfuerzan día a día ven como a los 17 años, los estudiantes mueble siguen a la misma altura. 

Me dan pena, porque no les veo un camino más lejano que 2º de bachiller. Para ellos, este curso es casi como una pared infranqueable. Y solo me reconforta una cosa: que los alumnos que muestran su esfuerzo, llegarán a su objetivo, mientras los denominados estudiantes mueble se quedarán ahí, obsoletos, callados e inmóviles en 2º de bachillerato como lo que son, muebles.